
Como me quedaron tantas cosas por decirle, y como cada vez que se me viene a la cabeza me invade una mala suerte de tristeza, un rastro agónico de melancolía, estas primeras líneas para recordarme a mi mismo que hay gente que no merece morir, o que hay vivos que nunca debieron estar muertos. Conocerte -y te lo escribo a ti, porque donde quiera que estés, sé que lees-fue uno de esos grandes regalos, de esos pocos emotivos y enormes que nos da la vida de los vivos. Me llenaste de vida en una isla tropical y me diste consejos, de los sabios y tiernos. Pude presumir de esa hermosa experiencia que debe ser leer libros, apreciar los textos, aplaudir a la autora, y luego, más tarde, poder conocerla y reconocerla. Algún amor que no mate o Blanca vuela mañana. El segundo me abrió a ti. Por curiosidad subí al salón de columnas del círculo de Bellas Artes de Madrid y en esa sala atestada de público maduro y de clase, pude descubrirte al fondo, entarimada, bella, con la melena atajando ternura y hermosura por tus dos laterales. prisionera de una sonrisa honesta y tímida: te blindaban, te hacían eterna, ya auguraban que aquella mujer madura capaz de llenar la sala con dos únicas novelas, se convertiría en fiel perseguidora de éxitos literarios. Yo nunca había oído siquiera hablar de ti, pero al leer len la solapa de aquel Blanca..., me hiciste sonreir con el primer Algún amor que no mate. Empecé a leerte. Sí, lo sé, antes de narradora, poetiza. Dulce, te quiero, así de viva.
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